El amor, cuando somos niños, lo representan sin duda nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros hermanos, ellos conforman todo nuestro mundo inmediato, nuestro referente en el comportamiento. Luego comenzamos a entender que no sólo ellos existen y nos influyen, vamos al jardín y socializamos con niños y niñas de nuestra edad y con adultos que no son famila. Tras inocentes pololeos (noviazgos) las amistades entrañables nacen.
Pasan los años y nuestras hormonas comienzan a cobrar protagonismo, nuestros amigos o amigas de la infancia ya no son las niñas o niños sin formas definidas, comienzan a tornarse bellos y atractivos a nuestros ojos, a nuestros instintos. Ese primer amor nace en nuestra adolescencia, ese que jamás olvidaremos, ese que nos hace ilusión para los próximos amores, ese que pensamos que será eterno, que nada lo destruirá... con los años nos damos cuenta que esa inocencia va muriendo y que el amor es tan desechable como las botellas de gaseosas...
Es triste pensar que comenzamos tan ilusionados una relación y a poco andar sentimos que no era lo que esperábamos, los defectos comienzan a salir a la luz y nos sentimos estafados, sin pensar que al otro también le ocurre lo mismo y, finalmente, no sabemos que hacer con esto que ya no nos gusta, pero que ha echado raíces, unas más profundas que otras, pero que en conclusión nos cuesta dejar, nos cuesta reconocer que una vez más fracasamos, que otra vez el amor se nos ha vuelto esquivo y sufrimos, lloramos, nuestra vida no tiene sentido muchas veces.
¿Cómo reconocer a ese amor como el definitivo? o simplemente, ¿ese amor no existe y debemos conformarnos con amores pasajeros, supérfluos, perennes... ?



























