Luego de un largo "fuera de servicio" mental, he decidido volver a contactarme con el mundo. Primero que nada, agradecer las múltiples muestras de cariño y solidaridad hacia mi persona. La sensibilidad de las personas que amamos las letras logró comprender la dimensión de mi ausencia. Han sido hermosas y sentidas las palabras de apoyo y buena onda, de verdad no esperaba tanto, pido disculpas por haberlos subestimado.
Quiero contarles que he estado bastante enferma, a mi doctora le costó dar con la dosis precisa para mantenerme compensada. De hecho tuvo que internarme en una clínica para poder tener un mejor manejo de los remedios. Me costó mucho volver a este mundo. Gracias a la estadía en ese lugar que, para muchos, podría representar el infierno mismo, para mi fue clarificadora, intensa y, sin duda, una experiencia profunda y fuerte.
Pude darme cuenta de la inmensa cantidad de personas con problemas graves de salud, dejados a su suerte por años y años, constaté la entrega que día a día nos brindaban las enfermeras y auxiliares de ese lugar, pendientes de cada uno de nosotros. Escuché historias espeluznantes, algunas otras tristes, pero la mayoría hablaban de soledad y desesperanza, en algún momento sentí que no pertenecía a ese lugar, que estaba mal usando ese servicio médico. En otros momentos me sentí muy sola, a pesar de que todos los días me visitaba mi familia y mis amigos. En situaciones extremas, como las que me hicieron caer en esa clínica, puedes estar rodeada de miles de personas, pero la soledad se anida en tu ser sin piedad.
Estuve 17 días allí, algunos pasaban muy rápido y otros lentos y amargos. En un comienzo me aislé, no quería conversar con nadie, incluso estuve los dos primeros días acostada, sin comer nada, sin ducharme, sin formular palabra. Luego me di cuenta que si no ponía algo de mi parte estaría allí mucho tiempo. Decidí participar en las actividades programadas especialmente con fines terapéuticos, cada una de ellas tenía un propósito, desde biodanza hasta actividades manuales, como dibujos, mandalas, chocolatería, bisutería y mosaicos.
La primera vez que participé me incorporé a un grupo que realizaba biodanza, por un rato muy cortito, luego de eso cada una de las personas se dirigía a distintos talleres, observé con detención lo que hacían. Me llamó mucho la atención el taller de mosaicos, el terapeuta era un hombre bondadoso, de mirada transparente, de modales suaves y palabras que invitaban al entusiasmo. Comencé a mirar una revista del tema, habían hermosos trabajos que me parecían realizables. Le consulté si era posible participar de ese taller, me mostró los materiales, me pidió que escogiera algún modelo, me enseñó las técnicas básicas y me instó a comenzar algo simple.
No sé cómo me vi seducida por las texturas de las teselas, por sus colores vivos, me entusiasmé como hacía tiempo sentía y comencé a hacer un espejo rodeado de pedacitos de cerámica, de distintos colores. La creación se me hizo fácil, como si siempre hubiera hecho esa actividad, cada momento que pasaba se me ocurrían más y más ideas para agregar a mi modelo. Los días que no había ese taller me sentía muy vacía, necesitaba estar con, mi delantal puesto, mis herramientas y mi obra. El resultado fue una hermosa combinación de colores, con flores y hojas verdes que jamás hubiera imaginado hacer. La segunda semana de claustro mi médico me autorizó a salir el fin de semana a mi casa, en un principio no quería, pero luego me di cuenta que sería una prueba de fuego para mi posterior salida. Ese fin de semana compré algunas herramientas básicas. No fue tan buena esa salida, me sentí perdida, perseguida, vigilada y coartada, era natural, no podían dejarme sola...
Tanto fue el entusiasmo, que el día anterior a mi alta, sentía que ya no tenía que estar más allí, necesitaba salir, con el propósito de comprar más cosas para poder realizar esa labor fuera de allí. Ahora estoy llena de teselas de colores hermosos, pegamentos, muchas herramientas que ayudan a expresarme en este mundo desconocido y fascinante del arte, de la creación más allá de los problemas y de mis dolencias. Puedo pasar el día entero en eso, feliz, no me aburro, no me impaciento, no me exijo. Sólo dejo que fluyan los colores y las texturas en mi cabeza, sobre la madera, sobre el dibujo que elegí o creé yo misma.
Me siento agradecida de haber estado en ese lugar estigmatizado por el mundo que no comprende que a veces no podemos seguir adelante sin un empujón, que piensa que todas las personas internadas son locas o insanas. Aunque aún no estoy del todo repuesta, encontré un desahogo a mis horribles pensamientos, encontré un alivio a mi dolor y la tranquilidad que había perdido.
