martes, 30 de septiembre de 2008
El Hospital
Mirada a mi misma

Mi motor es el amor. Sin embargo, hoy me lo he cuestionado. He hecho una profunda introspección en mi misma y me he dado cuenta que la riqueza del espíritu está en observar lo que nos rodea y sacar nuestras propias conclusiones o quizás tan sólo contarlas con nuestro particular estilo de ver el mundo.
Cuestionarnos cómo actuamos cada día con nuestro entorno,

Cuestionarnos la crianza de nuestro primer hijo, que el pobrecito tuvo que sufrir nuestra inexperiencia, cual chivo expiatorio y compararla con la de nuestro último retoño, notamos que la dosis de aprehensión que tuvimos con él va bajando notoriamente cuando ya llegamos al cuarto.
Eso que pensábamos, que era tan terrible se transforma en no tanto, que las cosas que realmente son importantes descubrimos cual colador, que son las menos. Que tanto luchar por cosas que llegaban tangencialmente a nuestra vida, valieron la pena en el sentido de la experiencia que con ellas adquirimos, sólo eso. La mía me lleva a la misma conclusión de siempre, por más que reflexiono y reflexiono, que las únicas cosas que valen la pena atesorar, cuidar y cultivar son: el amor y la amistad.
(Extraído de mi blog creado el 2005 "Ya no busco, simplemente me pierdo")
La Gotera
Carta a quienes me sobrevivan
- A mi gran amor, le agradezco los segungos, minutos, horas, días, meses y años que soportó mi detestable mal genio, infinitamente le agradezco las horas de caricias, besos y amor que me regaló con tanta inocencia. Valoro la mirada enamorada que me brindó en nuestro tiempo juntos, el gesto sincero de soporte incondicional. A él le dejo todas las fotos que tengo almacenadas en mi alma, todos los pedacitos de rocas que duermen en mis zapatos, las pisadas que dejé esparcidas por Valparaíso cuando bajábamos algún cerro tomados de la mano. Las puestas de sol con las gigantescas grúas de telón de fondo, abrazados suspirando, son para él. El suave vaivén del movimiento del tren camino a Quilpué, dejando el mar a nuestras espaldas, esa huella que dejé en el asiento junto a la ventana, le pertenece. En la cajita forrada con arpillera quedan todas las lágrimas, letras, sudores, cansancios, riñas, reconciliaciones, risas, desvelos, desapegos para que las use cuando no soporte mi ausencia. Debajo de la almohada, le dejo todos los besos y caricias que nos faltan desde ahora y hasta el día de su muerte.
lunes, 29 de septiembre de 2008
Tarde familiar

