viernes, 22 de agosto de 2008

Dejó una Stella de sabiduría en mi vida...

La conocí en el año 1993, en realidad, conocí primero a su hijo, Rodrigo. Ocurrió a mediados del mismo año en el que me separé. Luego de un tortuoso trance posterior a la separación, decidí dejar la casa que nos había cobijado por tantos años, cortar el lazo que me unía a ese hombre, al que amé como una loca. En ese tratar de rehacerme, encontré un departamento chiquito, cerca de la casa de mis padres, lo que era muy conveniente, principalmente para recurrir al siempre acogedor abrazo paterno, en esos momentos de penas profundas.

No llevaba ni dos días acomodada allí, cuando una noche golpearon a mi puerta, era Rodrigo, un hombre de unos 40 años, muy alto, con facha de intelectual, apuesto, quien con una gran sonrisa me dio la bienvenida y me ofreció caballerosamente su ayuda en lo que necesitáramos, porque había advertido que me encontraba sola, con dos niños pequeños. Agradecí muy sorprendida y a la vez bastante desconfiada. No quería a ningún hombre metido en mi casa, sólo quería estar con mis hijos, vivirlos, consolarlos, acogerlos y amarlos. Pero poco a poco Rodrigo se fue acercando, sin invadir mis espacios y sin presionarme. Nos hicimos amigos inseparables, él también tenía dos hijos en esa época, dos niños bellos y amorosos, que se hicieron amigos de mis bellos y amorosos hijos. Pasaba todos los días a verme después de su trabajo, me ayudaba a hacer hoyos en los muros, a colgar repisas, instalar muebles, en fin, todo aquello para lo que las mujeres no estamos hechas. Luego del arduo trabajo, nos conversábamos un merecido cafecito con galletas.

De a poco comenzamos a interiorizarnos de nuestras vidas, me contó las razones por las que vivía con sus hijos, que además, vivía en la casa de su madre, mi vecina de la puerta del lado, STELLA DÍAZ VARÍN, no podía creer lo que me decía, estaba frente al hijo de una de las escritoras que más había admirado en mi vida.

Solapadamente, le conté que escribía, que tenía algunas poesías y algunos cuentos cortos y que no sabía si tenían algún valor. Después de esa conversación, a los pocos días a la misma hora que llegaba él a saludarme, sonó como siempre el timbre, abrí la puerta y, sorpresa, en vez de encontrar a Rodrigo allí, encontré a una mujer alta, afirmada con un brazo de la pared y con el otro en la cintura, me miró con sus ojos claros, se arregló la chasquilla y con una voz ronca y profunda, me dijo “soy tu vecina” y en ese momento caí en la cuenta de que estaba nada más y nada menos que frente a frente a la mismísima DOÑA Stella Díaz Varín, con una gran sonrisa, tapada por su mano, igualita a la de su hijo, continuó: “Estimada, me contaron por allí que osas decir que escribes poesía, quiero ver eso, no vaya a ser cosa que me salga gente al camino”. Desde ese día, Stella no dejó de ir ni un solo día a mi casa, me estimuló, me criticó, me aplaudió, me consoló… Nos hicimos amigas entrañables, la adoré y la odié.

No puedo dejar de decir que su hijo me inquietaba, comenzaba a gustarme, pero ese día que conocí a Stella, aparte de fumar, reírnos, cuchichear, filosofar y mil cosas más, me advirtió que lo único que no podía hacer, era tocar a su hijo, que si ella sabía que estábamos juntos, hasta ahí llegaría nuestra amistad. La preocupación más grande de su vida eran sus nietos, no quería por ningún motivo que los niños sufrieran. La verdad es que no la entendí mucho en ese momento, pero después de conocerla como la conocí, la entendí e hice caso de su consejo.

Si ya admiraba a esta mujer, conocerla no fue sino ratificar esta admiración, me guió como una madre que ayuda a caminar a su pequeño hijito, me ofreció su mano para apoyarme y no caer. Fue ella quien me dijo que mis palabras transmitían algo, que mis metáforas eran bellas, creativas y sentidas, que la poesía era 99% de transpiración y 1% de inspiración. Que no me dejara aplastar por la estitiquez mental, que luego de una gran verborrea, era natural que me sucediera lo contrario. Me enseñó a tener paciencia con mi cerebro, a tomarle el pulso a la creación, a no dejarme influir por nadie, que sólo permitiera correcciones de forma, no de fondo. Que me dedicara el mayor tiempo posible a pensar y a crear, que la sensibilidad y el talento existían, que había que pulirlos y entrenarlos.

Me dio consejos para mantener la piel joven y bonita, ella podía dar cátedra en ese tema: “Niña jamás te estires demasiado la piel de la cara, eso evitará que te salgan arrugas”. Ella era una mujer bella, en su juventud se dedicaba a romper corazones, aún a la edad que la conocí seguía siendo bella, tenía una estampa “de gente”, como decía mi madre, que hablaba de sus días de riqueza en La Serena. Nunca me dejó entrar más allá del pasillo a su departamento. Yo intuí que algo había pasado con Stella con los años, había un motivo de peso para no mostrar una sonrisa amplia y siempre taparse la boca con la mano, había un motivo de peso para no mostrarme sus cosas, ella llevaba sus escritos a mi casa, ahí ella se explayaba, me educaba y era un poquito más feliz. Como todos deben suponer, los escritores, a no ser que sean extremadamente famosos, tienen pensiones miserables, que apenas alcanzan para vivir, Stella no era la excepción, a pesar de eso, se las arreglaba para regalarme un plato de caldillo de congrio cada vez que lo preparaba, y que le quedaba maravilloso.

Fue invitada a Cuba, estaba tan contenta y entusiasmada con el viaje, porque por lo demás era para premiarla y editar un libro de poesías, se dedicó todo el tiempo de los preparativos para el viaje, a juntar cosas para llevarle a los cubanos pobres, papel higiénico, té, servilletas, cosas raras, que uno jamás regalaría, pero que para ella eran tesoros, contribuí también con eso, me contagió su espíritu optimista, estaba tan emocionada como ella con esta aventura. Al regreso de este viaje, llegó feliz con su librito de poesías, en un papel celeste, como un folleto, pero hermoso, el que ella valoró enormemente, por los pocos recursos con los que contaban.

Luego de 3 años de amistad diaria, me fui de ese departamento a vivir al hogar que había dejado antes y por desgracia perdimos el contacto, la misma vorágine con la que vivimos diariamente, nos impidió seguir siendo amigas, algunas veces nos topamos en el supermercado de la villa donde vivía, nos saludábamos cariñosamente y conversábamos un rato, no supe que estaba tan enferma, probablemente si hubiera sabido habría realizado esfuerzos para retomar nuestra relación.

Con estas líneas, quiero dar testimonio de la gran mujer que fue Stella, alegre, aún sin tener a simple vista razones para serlo, enojona, vehemente, esforzada, cariñosa, generosa y por sobre todas las cosas sabia, profundamente sabia. De lo privilegiada que he sido por haber recibido sus consejos, haber compartido un caldillo de congrio y un vaso de vino...


6 comentarios:

Luzjuria dijo...

Dichosa tu que pudiste compartir cosas tan simples y tan complicadas con ella, hermoso homenaje a una gran escritora, que vivio y murio en su ley

Un beso manita

JOSE EDUARDO dijo...

No todo es al azar en la vida, estaba predispuesto que sus vidas se unieran para enseñar y aprender una de la otra, quizas esa mujer dejo un legado en ti que muchos ignoran, se que cuando te sientas preparada lo compartiras con el resto.
Besos!!!

Mi Ser dijo...

Regalos que la Vida nos da…
Milagros que somos capaces de reconocer…
Situaciones en las que nos permitimos crecer….
Quien dice que la Vida no es Privilegio Vivir?...
Quien puede preferir soñar si la realidad supera tantas veces los sueños…?

Abrazos
Mi Ser.

Mi Ser dijo...

Oigale Señorita...
Vine a dejarle un reclamo...

Y UTE...

Cuando nos sorprendera nuevamente con un texto eh...?...

Las letras siempre fluyen... acaso no le dejas tiempo para su inspiración?.

Mi Ser.

decisiones para la vida dijo...

Sorry, mi querida, pero inspiración hay, lo que no hay es ¡¡¡¡INTERNEEEEET!!!!
¡¡¡¡BUAAAAAAAAA!!!!
Besos y gracias por extrañarme...
Mona

Luzjuria dijo...

Ya poh, ¿estitiquez literaria?, si necesita Internet, mi casita lo tiene
Te quiero manita
Luzjuria